Los Cines Madrid

[ES]
de Guillem Clua
foto Ferran Carvajal

 

Delante de los antiguos Cines Madrid hay un chico llorando.

Está sentado en un banco y contempla entre sollozos la imponente columnata de cuatro pisos de altura que siempre había conferido a la Plaza del Carmen un aire noble y perenne. El edificio era un cubo casi perfecto, que se debatía entre la seriedad del mausoleo y la coquetería de unas cuantas guirnaldas de granito; una enorme caja de sorpresas que durante un siglo había albergado todos los sueños que es capaz de pagar una entrada. Ahora, de todo eso sólo quedan las paredes. En su interior, un solar tan vacío como sólo pueden estarlo aquellos sitios que han hecho feliz a alguien.

Me pregunto si llora por eso. Imagino a un abuelo proyeccionista, imagino a una madre vendedora refrescos, imagino una infancia que huele a palomitas y a juegos del escondite entre las butacas, imagino el asombro, las risas, los barcos pirata, los vaqueros y los indios, el halcón maltés y el milenario, canciones bajo la lluvia y escaleras hasta el cielo, desembarcos, invasiones, arcas perdidas y encontradas, hombres tranquilos y mujeres de negro, besos robados, carreras de coches, fantasmas, demonios, desiertos lejanos y dibujos animados. Y todo con una banda sonora de Ennio Morricone.

Todo eso imagino y quiero decirle que sí, que yo también lo siento, que a mi también me duele, que no es la primera vez ni será la última que nos arrebatan algo que no sabíamos ni que se nos podía quitar. Y por eso me siento a su lado, aunque no muy cerca. Y él disimula. Y carraspea. Y se seca los ojos con masculina dignidad.

Elipsis de tiempo. Su móvil suena. El chico mira la pantalla y se le iluminan los ojos. Responde, prudente. Elipsis de tiempo. El chico ríe y dice “no pasa nada” y dice “no seas tonta” y dice “lo siento” y dice “voy para allá, que no estoy lejos”. Y el chico que ya no llora, se levanta y se va hacia la Gran Vía.

Y yo me quedo mirando las cuatro columnas de los antiguos cines Madrid que ya no sostienen nada.