Una madre para cien hijos, cien hijos para una madre

de Deborah Ceballos,
ilustración Mermagoma

 

La vi, arrimándose a un muro, se movía lentamente. Al pasar por esa calle me dan ganas de cerrar el cuerpo. Todo se siente humo, ruido, gente, olores, se mezcla en una pasta y sin pedir permiso entra por las narices, por la boca, por los ojos, por la piel y nos comparte unos con otros. Al pasar por esa calle deseo cerrar el cuerpo. A las ocho ya era oscuro y avanzaba excitada por la acera derecha. En el rabillo del ojo se apoyaba, tres bolsas en una mano y la otra se agarraba a la muleta. Pasé de largo. Me detuve, me di la vuelta, la vi esta vez de espaldas, ayudándose en la pared, buscando equilibrio. Me saqué la música de los oídos y me acerqué. Me mira. ¿Cómo la ayudo? Pues tú me llevas las bolsas y yo así, apoyadita. Andamos. La calle se mueve con brusquedad pero nosotras no. Cada paso de las dos juntas ocupa la décima de un paso mío. Al pasar nos esquivan o los esquivamos. Cuando yo era joven la primavera traía flores de muchos colores y los campos estaban llenos de amapolas. No ahora, aquí el tiempo está loco. El semáforo se pone en rojo y los coches empiezan a enseñar el morro. Hay que concentrarse. En silencio, llegamos a la placita. Mi bisabuelo también era extremeño, él era poeta. ¡Ah! ¿Y de qué ciudad? Pues creo que no lo sé… Empieza el balanceo, los chicos justo se están despidiendo y nos acercamos al banco de la izquierda. Ella se vuelve hacia mí y me cuenta, pues los padres de mi marido, ellos tenían dinero, pero a mi suegro se le fue todo en la educación de los hijos, y ninguno se graduó. Luego decidió venir a Barcelona porque había mucho trabajo. Uno podía cansarse de un trabajo y marcharse porque a la vuelta le esperaban 5 trabajos más, había muchos. Yo vivo allí, mira, cruzando la plaza. La ventaja es que lo tengo todo a mano, para salir a comprar… Bueno, mi marido ya no está el pobrecito. Mis padres no, ellos murieron en el pueblo. Para mí sola tengo bastante. Pero yo no entiendo, cuando salen los políticos y la gente rica que roban, los Pujol, del PP, los del banco aquél que daba tarjetas, cuál, Bankia ese; y lo del Urdangarín. Es que yo no lo entiendo, porque a ellos no les hace falta ¿Pero por qué lo hacen? OK, ¿Seguimos? Ya descansé. Al principio es más difícil, me cuesta arrancar pero luego se calientan los motores y es más fácil. Llegamos al segundo cruce. Pues ¿Sabes que me pasó esta tarde? Le pedí ayuda a una chica, porque yo siempre pido ayuda en la calle, y le pedí para cruzar aquí, y ella me dijo, pero no ve usted que este cruce es demasiado largo para usted ¿Y por dónde quiere que pase? Le digo yo, y me cogió pero como con las puntas de los dedos, y yo no podía ni apoyarme… Suerte que había un señor y le pedí a él y luego ella lo miraba, por lo menos ya se debió dar cuenta. Pero la juventud, yo estoy muy contenta con la juventud porque siempre me ayudan, la verdad que son la mayoría así. Ya lo dicen que es una madre para cien hijos y cien hijos para una madre, ¿no?. Pues no lo había oído nunca, pero me gusta. ¿Y adónde vamos? Es ese edificio de enfrente, ahí vivo yo. Parece muy bonito por fuera pero la casa por dentro se cae. ¡Señora! viene usted hoy a comerse una pizza, se la preparo? No, que me voy para casa y no bajo más hoy. Llegamos, ya yo voy sola desde aquí. Ascensor no tengo, pero me arreglo ya como puedo, no. No hace falta gracias. Lo ves, él ya me ayuda. OK. Le doy las bolsas al vecino en la puerta. Nos despedimos, dos besos y empiezo a andar. Paso ligero, saludo al chico italiano con un gesto de cabeza y en 3 minutos llegué a estación. Suena el teléfono. ¿Por dónde andas? ¿Todavía? Todo bien, nos vemos en media hora.